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miércoles, 26 de julio de 2017

LA MORTAL DAMA DEL SILENCIO /// José Sánchez López

Martes 25 julio 2017
LA MORTAL DAMA DEL SILENCIO
                                                                               José Sánchez López   
Enfundada en un jersey rosa, entallado, con grecas y triángulos, un enorme antifaz negro con forma de mariposa, cuyas alas le cubrían el rostro, botas doradas casi hasta la rodilla y muñequeras del mismo color, semejando un siniestro arlequín, "La Dama del Silencio", de casi un metro 80 de estatura, se disponía a destrozar a su rival en el cuadrilátero, en una más de tantas luchas que protagonizó en arenas de poca importancia.

La misma mujer, pero ahora sin antifaz, de pelo corto y rasgos varoniles, vestida de rojo, con motivos negros (el contraste de colores para ocultar las manchas de sangre), se aprestaba a poner en práctica sus conocimientos de lucha, pero no para vencer a su adversaria, sino para cometer otro más de sus crímenes, las autoridades le imputaron oficialmente 17 asesinatos por lo que la condenaron a 759 años de prisión.

La mañana del jueves 26 de enero del 2006, Juana Dayanara Barraza Samperio, entonces de 48 años de edad, como todos los días, dio de desayunar a sus hijos, les dio la bendición y los despidió.

Poco después, vestida de rojo y negro, salió de su vivienda, de una vieja vecindad del Centro Histórico y llegó hasta la colonia Moctezuma. Había decidido cobrar una víctima más y hacerse de algún dinero, como cada vez que consumaba sus propósitos.

Se dirigió al parque donde se encontró con la señora Ana María de los Reyes Alfaro, una anciana de 82 años, pensionada por el IMSS, que vivía sola y solía caminar por el parque cercano a su casa. Juana se identificó con una credencial del Gobierno del Distrito Federal y dijo ser promotora del programa para adultos mayores. Llevaba consigo un baumanómetro.

De esa manera, logró convencer a la anciana para acompañarla a su casa, situada en el número 21 de la calle José Jasso, en la colonia Moctezuma, Primera Sección, delegación Venustiano Carranza. 

La forma como actuó Juana Barraza fue la misma que en ocasiones anteriores. 

Sorpresivamente golpeó a la señora Ana María, la derribó y ya en el suelo, con el mismo cable del aparato para medir la presión, la ahorcó. 

Seguidamente se dio a la tarea de buscar lo de más valor y salió huyendo. 

No sabía que ese sería su último crimen.

Si bien la víctima le había dicho que vivía sola, no le dijo que tenía un inquilino al que le rentaba un cuarto ubicado al fondo de su hogar.

El joven que vivía en la misma casa de la octogenaria, era José Joel López, de oficio mesero y que ese día regresaba de mañana, luego de un evento en un salón de fiestas que duró toda la noche.

Al entrar se topó con Juan que salía velozmente. La vio de reojo más no le dio importancia, pero al entrar a la casa vio a la señora Ana María tirada. Con un hilillo de sangre en la comisura de los labios y se dio cuenta que estaba muerta.

Salió corriendo en busca de ayuda y los vecinos llamaron a la policía.

Los policías de barrio, Marco Antonio Cacique Rosales e Israel Rosales Cruz, tripulantes de la patrulla VC3-1050, qu3e pasaban casualmente por el lugar, fueron alertados y comenzaron la búsqueda. No tuvieron que rastrear mucho, Dos calles adelante ubicaron a la mujer, quien al verse sorprendida emprendió veloz carrera pero fue alcanzada por los patrulleros.

"Mi compañero y yo la alcanzamos y la tomamos de los brazos, pero la señora opuso resistencia, tenía bastante fuerza, no podíamos someterla, hasta que con muchos trabajos pudimos subirla a la patrulla", dijeron los uniformados.

Al conocerse los hechos, en cuestión de minutos arribaron al lugar el entonces secretario de Seguridad Pública, Joel Ortega Cuevas; el subsecretario, Gabriel Regino Díaz; el fiscal de homicidios, Guillermo Zayas y otros altos funcionarios.

Sin haber confirmado bien a bien lo ocurrido, decían que por fin había caído "El Mataviejitas"; aún no se enteraban que no era un hombre, como lo habían señalado anteriormente, sino una mujer, pero todos querían salir en la foto, cubrirse de gloria con la detención del "asesino serial".

Juana fue llevada ante el Ministerio Público, se iniciaron las investigaciones y una de las pruebas que fue determinante para acreditar su culpabilidad, fueron las huellas digitales que concordaron en un 99 por ciento con las encontradas en 16 anteriores homicidios con igual modus operandi.

Efectivamente, se trataba del tan buscado "Mataviejitas" que no había podido ser descubierto, porque buscaban a un hombre y no a una mujer.

Juana Dayanara Barraza Samperio, nació el 27 de diciembre de 1958, en el poblado de Epazoyucan, del municipio de Pachuca, Hidalgo. Sus padres fueron Trinidad Barraza, un "cacharpo" (cobrador de camiones) y Justa Samperio, una prostituta con severos problemas de alcoholismo. 

Sus progenitores nunca se casaron, vivieron en unión libre por cuatro o cinco años, hasta que un día Justa abandonó a Trinidad y se llevó a Juana para irse a vivir con un amante llamado Refugio, quien a diferencia de su madre que siempre la maltrató, le tomó especial afecto a Juana, que entonces tenía nueve años de edad. 

Sin embargo, Refugio tenía que salir a trabajar y se quedaban solas Justa y Juana.

Mientras Justa tuviera que beber no había problemas, pero cuando se quedaba sin alcohol y sin dinero, la solución para conseguir la bebida era obligar a su hija a prostituirse, la "alquilaba a todo aquél que pudiera pagarle unas cervezas 

De esa manera, Juana fue víctima de abusos sexuales infinidad de ocasiones, hasta que uno de tantos días, cuando tenía 12 años de edad, decidió "vendérsela" a José Lugo, de 62 años, por unas cuantas botellas de licor.
El sexagenario se llevó a la aún niña y la tuvo consigo durante cuatro años. La golpeaba y la mayor parte del tiempo la mantenía atada por las piernas a la cama, de tal manera que podía ultrajarla en el momento que quisiera. 

A los trece años de edad quedó embarazada y abortó a los tres meses, por las golpizas, los malos tratos y la deficiente alimentación que recibía.

A los dieciséis años, Juana quedó nuevamente embarazada y nació un niño al que el sujeto le puso su mismo nombre: José Lugo.

Hasta entonces pudo su padrastro rescatarla. 

Su madre murió un año más tarde, víctima de cirrosis causada por su alcoholismo. Juana se negó a ir al sepelio. Cuando tenía 21 años, falleció su padrastro Refugio, el único que la quiso, cuidó y atendió como si fuera su hija.

Entonces se vino al Distrito Federal. 

Como no sabía leer ni escribir se dedicó a la venta de ropa, gelatinas, palomitas y golosinas, a las afueras de la Arena Coliseo.

En ese entonces conoció a un supuesto empresario, que vio en Juana, por su corpulencia, estatura, y maneras hombrunas, un buen prospecto para la lucha y la llamó a su grupo. Fue  cuando nació "La Dama del Silencio", una luchadora del bando rudo, como lo manifestó ella misma, "soy ruda de corazón", decía.

Así se ganó la vida en el Pancracio durante algún tiempo. Por cada lucha le pagaban de 200 a 500 pesos, hasta que en una de tantas peleas sufrió una caída que le afectó la columna, por lo que el médico le advirtió que si seguía luchando podía quedar paralitica y se tuvo que retirar.

A los 23 años se casó con Miguel Ángel Barrios García, con quien procreó a Erika Erandi Barrios Barraza. Se separó a los 27 años y a los 30, se juntó con Félix Juárez Ramírez, con quien tuvo a José Marvin y Emma Ivonne Juárez Barraza, del que también terminó por separarse y se dedicó a sus hijos.

Sin embargo, cuando su primer hijo, que ya tenía 24 años, fue muerto a batazos en una riña entre pandilleros, su conducta cambió radicalmente y se tornó en una mujer más agresiva y violenta.

Tras la muerte de su primogénito, decidió comenzar con los asesinatos de mujeres de avanzada edad y solas, a fin de obtener dinero. Para ello, utilizó su mejor arma: la fuerza física, además de que simulaba abusos sexuales para despistar a la policía.

Las autoridades llegaron a pensar que se trataba de un hombre y lo creían de tal manera que al referirse al criminal le llamaban "El Mataviejitas".

Ya ante las autoridades, en su declaración ante el Ministerio Público, Juana aceptó sólo haber asesinado a tres ancianas y dijo que las mataba porque odiaba a las señoras como su mamá, "ella me maltrataba, me pegaba, siempre me maldecía y me regalaba con los señores grandes".

Los estudios psicológicos señalaban que cada vez que Juana asesinaba a una anciana, sentía que "mataba a su mamá".
 
No se sabe con precisión cuando inició su serie de crímenes, ya que mientras ella admite que solamente asesinó a tres mujeres, las autoridades le imputaron 17 homicidios y algunos medios llegaron a señalar que habían sido casi medio centenar de asesinatos.

Juana Barraza derramó mucha sangre, tal vez porque su vida fue trágica y cruel. Hay muchas teorías del por qué mataba, pero nunca se sabrá la verdadera, esa sólo se quedará en la mente de Juana, señalan criminólogos y expertos en psicología criminal.

Paradójicamente, en prisión, la temible "Dama del Silencio" o "La Mataviejitas" es una presa modelo, no se mete con nadie, no causa problemas, es apreciada por la mayoría de sus compañeras y a los nueve años de reclusión, dijo encontrar en la cárcel lo que nunca había tenido:

Un amor verdadero, como el de otro reo de nombre Miguel Ángel, de 74 años, también preso por el delito de homicidio, aunque no con una pena tan grande como la de ella.

Tras un año de relaciones, se casaron en una boda colectiva en la que participaron otras 48 parejas, en la cárcel de Santa Martha Acatitla, aunque no pueden estar juntos, ya que cada uno debe cumplir su pena en el penal que les corresponde.
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